“Hizo obras de caridad durante toda su vida con total discreción”

“Hizo obras de caridad durante toda su vida con total discreción”. Esto escribió a su muerte Enric González, corresponsal de El País en Londres en 1992. En el breve obituario descubrimos también que el finado, en sus últimos años, siguió “llevando cada fin de semana de excursión -en absoluto secreto- a ancianos sin recursos”.

¿Qué más sabemos de esta persona? Nunca poseyó nada -hogar, coche o cualquier otro lujo de la vida moderna-, a pesar de haber amasado una gran fortuna a lo largo de su carrera, y vivió compartiendo piso con su madre hasta la muerte de ésta. Antes de morir, nuestro hombre escribió una nota en la que dejaba todo su dinero repartido entre un puñado de amigas y amigos, alguno de ellos compañero de trabajo durante años. Este escrito carecía de validez legal, por lo que sus ávidos sobrinos, a los que apenas trató en vida, se repartieron el jugoso botín. Poco más se conoce de su vida privada, más allá de que, a pesar de su fama de mujeriego, no se le conoció pareja y jamás se casó, si bien pidió en matrimonio a dos mujeres.

En cuanto a su carrera profesional, empezó desde abajo e incluso actuó en clubs masónicos para ganarse el pan, pero su talento encontró hueco en la radio, y pronto dio el salto a la televisión y a la fama. En este medio triunfó con su programa durante dos décadas sin descanso. Su éxito no agradó a todo el mundo, y se le acusó de “sexista” y “políticamente incorrecto”. Las presiones de determinados sectores bienpensantes británicos llevó a la cancelación de su programa, a pesar de seguir gozando de gran audiencia. Años más tarde, en 2007, la BBC incluso anunció el fin de las reposiciones por “machista, abusivo con las mujeres y retrógrado”.

Él nunca respondió a estas acusaciones y asumió su marginación. En sus últimos años, y a pesar de ser repudiado en su país, su fama reverdeció en otros lugares gracias a las reposiciones de su ‘show’. En España, llegó incluso a aparecer como invitado de Jesús Gil en la mamachichera Telecinco.

Alfred Hawthorne Hill, viejo y gordo, murió en abril de 1992, solo en su casa, sentado en un sillón frente al televisor. Allí hubiera permanecido por los siglos, quizás con un rictus de sonrisa en la boca, si no fuera por el olor a putrefacción que alertó a los vecinos. Sus andanzas como fiambre no terminaron allí, ya que se corrió el rumor de que había sido enterrado cubierto de joyas, y meses después del sepelio unos jóvenes asaltaron su tumba en busca de ese tesoro. Que, por cierto, nunca se ha sabido si existió o no.

El bueno de Alfred hizo reír a millones de personas, pero soliviantó a unas cuantas y murió “convertido en un maldito“. Él, que los fines de semana se llevaba de excursión ancianos pobres en secreto…



 

 

Más información: Wikipedia, pérfil de Enric González y artículo de Andrés Barba en el Cultura/s de La Vanguardia.

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